Autor: Fco Javier Rubio Gutiérrez, enviado: 23/01/2006.
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Esta mañana espesa, cargada de fina humedad en el norte de las murallas, me ha regalado los primeros rayos de sol de un nuevo año. Los años no son nuevos ni viejos, los años no existen, pero insistimos en ponerles nombres y fechas. El tiempo es infinito y no soy capaz de calcular todo aquello que no tiene principio ni final. El ánimo de ser infinito me impide calcular eso y otras cosas.
El Río de La Niebla, aquél que conocí hace mucho tiempo, fluía ajeno esta mañana, y el sol calentaba sus aguas igual que mi frío cuerpo. Las murallas no eran alcanzadas por ninguno de esos rayos que traen la claridad y el calor tras noches aciagas.
Como muchas de las cosas que conozco, yo también nací mucho tiempo después de que el tiempo fuera tiempo y de que el sol fuera sol. No necesito saber qué es el sol exactamente, como tampoco necesito saber qué son o qué significan muchas otras cosas, por ejemplo el tiempo, el agua o la luna, si es que alguna vez algún hombre puso el pié en la luna, porque no todo es verdad en un mundo donde si existe la mentira es por que la mentira existe.
Si dejamos de usar los nombres de los meses y los días, podemos usarlos para llamar a las personas o a los animales, o poner nombre a los pueblos, o a los ríos. Yo decidí llamar a este río el Río de La Niebla, pero podría haberlo llamado El Río del Domingo, aunque hubiera sido mucho mejor llamarlo El Río de La Niebla del Domingo, porque no todos los días la niebla desciende desde su morada e invade nuestro alrededor. La niebla llega y se interpone en nuestro camino, como se interpone el fin de nuestra existencia o se interpone una despedida. No me gustan las despedidas, ni los hasta luego, ni los adiós. No me gusta irme, y mucho menos que se marchen, ni para un rato ni para siempre, no me gusta esa melancólica sensación del vaivén de las maletas, ni de los abrazos, no me reporta nada más que una extraña sensación. Y en el mundo en el que el hombre podría haber llegado a la luna, a diario miles de personas se despiden para ir mucho más cerca, que a la vez es mucho más lejos, porque ¿Qué importa la medida de la distancia si alguien no está?. La medida también es infinita porlo que no me importa cuanta sea si ya existe. El Río de La Niebla del Domingo es infinito, no así las murallas entre las que discurre, tienen un principio y un final. Las murallas, que no dejan de ser barreras, un problema como cualquier otra cosa que impide llegar hasta donde uno desea, impiden ver más allá, como lo impide la niebla, o como lo impide la oscuridad de la noche, esa que siempre llega tras el día y que uno nunca puede evitar. Porque ¿Cómo evitar la llegada de un amanecer y la lluvia, y el sol? Hemos probado a cubrir nuestro cuerpo con cremas, a protegernos con paraguas, pero nada impide que siga lloviendo y saliendo el sol. Cuanta futilidad. Cada cultura lo ha hecho de una forma, cada cultura ha inventado un dios, cada cultura ha inventado un remedio, pero nada ha servido, todo ha sido fútil. Los hombres que nacieron y desaparecieron antes que yo no llevaban un manual de instrucciones, como no lo tiene la tierra, es cierto que es más complejo que el de un paraguas, pero eso conlleva que no sepamos qué debemos hacer o qué no, y obliga a dejarse llevar por el instinto natural en ocasiones, y otras por el orden social. Ese orden social me obliga a no meterme el dedo en la nariz como el orangután de los reportajes de la 2, si estoy entrevistando a un político, y ese instinto natural me obliga a insistir sobre el sexo contrario acerca de mi necesidad de sexo. Entonces ¿He adivinado el jeroglífico sobre lo que soy? Una mezcla de instinto natural modelado de orden social. Con el alivio que supone aliviarse cuando uno lo necesita y lo prohibido que está en el sistema social que conozco, con lo placentero que resulta desear a la mujer del prójimo y lo jodido que debe resultar enterarse de lo placentero que a tu mujer le resulta el prójimo. ¿Qué grado de orden social debo adoptar y cuanto debo luchar contra el hedonismo?
Existen tantas preguntas para tan pocas respuestas que resulta imposible navegar entre las dudas, las preguntas son un mar donde poder nadar hasta agotarse, lo que significa ahogarse irremediablemente. Las preguntas más inteligentes, las que llaman más mi atención, las que no tienen respuesta, son las más simples. La belleza de lo simple es lo que resulta más complejo. La respuesta más compleja es la que supone una pregunta simple. ¿Por qué tengo ganas de llorar si acabas de alejarte y te he pedido que nos despidiésemos? Y sobre todo ¿Por qué te he pedido que nos despidiésemos si no me gustan las despedidas?, ¿Por qué ahora escribo, si lo que hago verdaderamente es escribirte, como lo hacía hace años, muchos, y sé que no vas a leerme? Puedo responder a esta última pregunta sin demasiada dificultad, lo hago para sentir algún díael placer de releerme. Placer, un objetivo a alcanzar en cada instante. Produce además esa búsqueda una sensación de bienestar unida a la sensación de felicidad, siempre hay algo de felicidad en el placer y siempre es un placer la felicidad. Creo que si formara parte del consejo de redacción de un supuesto manual de instrucciones del que estamos tan necesitados, propondría como sentido al viaje de la vida, la búsqueda cuanto más duradera mejor, de una sensación de placer, que en abundante suma produce algo parecido a una sensación de felicidad.
Me engañaban cuando me decían que iría al infierno si pecaba, porque ahora que vivo el infierno de no haber pecado, veo cómo mis días pasaron y cometí el pecado de haber dejado los días pasar. El remedio es fácil, me quedan días, tantos como sea capaz de vivir, sólo se vive cuando uno se siente vivo, y yo me siento; al igual que he sentido el frío de la niebla entre los rayos de sol que no llegaban hasta la muralla, pero si hasta el corazón. Remedios para el corazón, curas para las despedidas, complejas respuestas, latidos, el agua fluye por el río, la niebla se aleja, y hoy llega la bruma a mi corazón.
Siempre queda algo, porque aun a pesar de incinerar el recuerdo queda su ceniza, a pesar de derruir las murallas queda un enorme amasijo de piedras, siempre queda, amor u odio, llanto o alegría, dolor o placer, siempre queda, como quedan los versos del poeta o los lienzos y trazos del artista, o las murallas de ayer. Siempre queda una razón aún en la sinrazón de una despedida sin razón, o como queda aroma en una habitación en la que hace un rato latía un corazón vivo y ahora entiendo dolido; o como queda el recuerdo de un sueño tras la noche, al llegar la mañana.
Creo que si todo sigue como hasta ayer, tras este frío invierno crudo de nieblas, llegaráuna primavera que regará de flores el pequeño jardín de nuestra tierra.
Me mentía cuando creía que nunca iba a despedirme de ti.
J. Rubio Gutiérrez.
22 – 01 – 06. En uno de esos inexplicables y definitivos inviernos.
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