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“La paz ha sido siempre mi mayor preocupación. Ya en mi infancia aprendí a amarla. Mi madre -una mujer excepcional, genial-, cuando yo era chico, ya me hablaba de la paz, porque en mi infancia también había muchas guerras”. Son palabras de Pau Casals en la sede de la ONU el 24 de octubre de 1971, poco antes de interpretar con su violonchelo El canto de los pájaros, una canción que se ha convertido en la melodía del recuerdo de las víctimas de los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Una víctima palestina o israelí tiene el mismo valor que cualquiera de esas 192 o que el único mozo de escuadra que en su historia terrorista ha matado la organización ETA. Cuando una persona muere por culpa ajena y su vida es arrebatada drásticamente, (una situación bastante antigua por otra parte) se produce una verdadera situación de injusticia, una persona ha quitado a otra lo que le corresponde, el derecho más universal, el más protegido, la vida, nuestra vida. A diario algunos se olvidan de esto. Cada día se arrebatan cientos de vidas. Resulta imposible leer un periódico y no encontrar dramáticas noticias sobre terrorismo, asesinatos u otras formas de injusticia. Algunos lo hacen siguiendo una lucha que consideran su causa , creencias religiosas, derechos territoriales, o incluso bizantinas discusiones. Estas situaciones nos son familiares. Este es el verdadero problema. Varían los nombres de las víctimas, varían las localidades o países, pequeñas variaciones para situaciones diarias que se encuentran delante de nuestros ojos y en los medios de comunicación. Es necesario romper ese carácter habitual y de familiaridad o normalidad que tenemos con ese tipo de hechos. Debemos mostrar empatía. Hay que desacostumbrarse. La primera vez que vimos una víctima terrorista encharcada de sangre en una fotografía de un periódico o en la televisión seguro que algo debió revolverse en el alma, infinitamente superior resultaría esa reacción si la víctima formase parte de nuestro entorno familiar. Las víctimas forman parte de nuestro entorno social, son un ingrediente de nuestra sociedad, de la que todos formamos parte, igual que todos respiramos el mismo oxígeno, medimos el tiempo con el mismo reloj y seguimos, alumbrados por el mismo sol, el mismo proceso biológico desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte. Algunas cosas deben estar por encima, y la vida está por encima de la muerte, y mucho más de la muerte injusta Por eso las palabras no suelen servir demasiado para los que ya no tienen a su lado a sus seres queridos, por eso a veces la prisión para los asesinos no sacia la sed de venganza que se despierta en quienes han perdido a un padre o hermano, por eso en el terreno de los sentimientos no hay nacionalidades o razas, por eso cuando lloramos todos los hacemos derramando lágrimas de los ojos independientemente del lugar donde hallamos nacido. El dolor no pertenece a ningún estado o pueblo como las tierras o territorios, el sufrimiento no está en posesión de nadie como lo está el armamento nuclear. Marzo huele a dolor en España, septiembre en EEUU, y otros meses en otros países que han sido víctimas de aquellos actos que arrebatan la vida de forma injusta a una persona. Tampoco conozco forma justa alguna de arrebatar la vida a nadie. He visto como cientos de miles de personas lloraron el pasado 11 de marzo por las víctimas de un atentado sin razón, como no la tiene ningún otro, la razón es otra cosa. He visto como algunas víctimas que sobrevivieron a ese atentado lo hacen aferradas para el resto de su vida a una silla de ruedas buscando una razón. Además de haber perdido la movilidad, ahora tienen que perder parte de su vida buscando algo que no van a encontrar, una razón. Ni ellos la encontrarán ni nosotros la tenemos, ni ellos tuvieron la culpa, ni nadie que no sea el grupo de personas que arrebataron su vida. He recordado la impotencia con la que muchas personas trataban de rescatar a cientos de heridos de entre los hierros en los que se habían convertido los trenes que los terroristas hicieron estallar. Impotencia también en las víctimas que han sobrevivido tratando de volver a andar si es que lo consiguen, impotencia en los familiares que lloran por sus seres queridos, impotencia en las lágrimas de un juez que promete desde la justicia condenar a los asesinos. Cualquier gesto, por pequeño que sea, que contribuya a la paz, sea en cualquier parte del mundo que sea, servirá. Pau Casals, con el fin de promover la paz mundial, compuso el oratorio El pesebre. La paz mundial no se ha conseguido, a muchos nos parece una bella quimera, pero cada vez que durante estos días escuchamos la melodía del recuerdo de las víctimas, El canto de los pájaros, soñamos una vez más con un mundo donde nadie arrebate a nadie el bien más preciado, la vida. Quizá muchas de esas madres que dieron la vida a los asesinos de las 192 víctimas deberían haber hablado a sus hijos durante la infancia mucho más sobre la paz. . [+]
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Autor: Fco Javier Rubio Gutiérrez, enviado: 23/04/2005.